La traducción correcta para los nombres de Dios

Por medio del correo electrónico se ha comunicado con nosotros un amigo oyente para consultarnos acerca de la traducción más correcta para uno de los nombres de Dios. Se trata del nombre Jehová como aparece en algunas versiones de la Biblia o el nombre Yaveh, como aparece en otras versiones de la Biblia.

Gracias por su consulta amable oyente. La Biblia muestra que existe varios nombres para Dios. Uno de ellos es lo que se conoce como el “tetragrámaton” palabra de origen griego que simplemente significa una palabra de cuatro letras. Las cuatro letras para el nombre de Dios que por hoy nos interesa son todas consonantes. YHWH. Esta palabra formada de cuatro consonantes aparece 6,823 veces en el Antiguo Testamento Hebreo, según los entendidos en este idioma. YHWH es el nombre inefable para Dios, nombre que no se puede explicar con palabras, y por eso no siquiera se lo puede pronunciar. Al leer o al orar, se lo reemplaza por otro nombre para Dios, el nombre Adonai, que significa: mi Señor. Pero fuera de la lectura o de la oración, ni aun el nombre Adonai se debe pronunciar, para no caer en el pecado de tomar el nombre de Dios en vano, conforme a lo que dice Éxodo 20:7. En este caso, los hebreos utilizaban la frase Ha-Shem que significa literalmente: El nombre. El tetragrámaton YHWH significa: Yo soy el que soy, según Éxodo 3:14, o simplemente: Yo soy, y denota su auto-existencia eterna, dinámica y activa. Es el mismo Dios por todas las edades. Como es obvio, el tetragrámaton hebreo YHWH es impronunciable, y por tanto no se puede hablar de una pronunciación correcta. Sin embargo, la combinación de las consonantes YHWH con las vocales de la palabra Adonai, que significa “mi Señor” resulta en la palabra hispana Jehová tal como aparece en algunas versiones de la Biblia, o Yavé, Y a v corta e con tilde, en otras versiones de la Biblia, o Yahveh, Y a, h, v corta, e, h en otras versiones de la Biblia. ¿Cuál de estas tres es la más correcta? No se puede saber con certeza. El nombre Jehová, aparece en las primeras obras de traducción de la Biblia, por parte de Martín Lutero, de Hebreo a Alemán, en el año 1534. Es probable que el uso del nombre Jehová como equivalente al tetragrámaton se haya usado desde mucho antes, inclusive desde el siglo 10 DC.

La segunda consulta para el programa de hoy nos llega desde Caracas, Venezuela y dice así: He leído sus comentarios en su sitio Web sobre el divorcio y francamente no estoy de acuerdo con su posición: Por supuesto que Dios no desea el divorcio (especialmente entre creyentes), pero le puedo asegurar por experiencia propia que muchas veces es preferible el divorcio que llevar una vida terrible con un mal matrimonio. Yo creo, respetuosamente le digo que olvida lo más importante de la vida matrimonial: LA FELICIDAD, y no creo que mantener un matrimonio a ultranza aunque estén peleando todos los días, insultándose, maltratándose, y muchas veces con agresiones físicas, sea un buen testimonio para los incrédulos. Incluso es muy traumático para los hijos. Dios creó el matrimonio para la felicidad de la pareja; pero si no funciona, es preferible divorciarse. Yo en mi caso lamento no haberlo hecho desde el principio, cuando me di cuenta que teníamos una diferencia de pensamiento o de opinión tan grande. Traté de mantener el matrimonio aun a costa de mi propio perjuicio, para nada, porque al final terminamos divorciándonos de todas manera. Muchos pastores no le hablan claro a los creyentes, y les pintan una luna rosada, haciéndoles creer que como somos creyentes en Cristo todo será felicidad, felicidad y mucha felicidad. Nada más lejos de la realidad, y hoy en día hay tanto divorcio entre los creyentes como entre los impíos. También hay que pensar que en la época que habló Jesús acerca del matrimonio había una situación diferente a la de hoy en día, cuando hay la liberación de la mujer, las mujeres trabajan, tienen altos cargos, etc. y no se quieren someter a la autoridad del marido para nada; es mas muchas lo tratan como una basura, sin ningún valor. Finalmente le digo que no debería ser dogmático sobre este asunto, pues es bastante complejo. De todas maneras el Señor esta viendo todo y él sabe la verdad sobre cada uno de estos casos, independientemente de lo que argumenten los involucrados.

Gracias por su observación, amable oyente. Todos sabemos que el divorcio es un asunto controversial y por tanto hay casi tantas opiniones como personas que opinan sobre este asunto. Así que no me sorprende en absoluto que Usted no esté de acuerdo con nuestro criterio expuesto en uno de nuestros sitios de Internet acerca del divorcio. Sin embargo, me gustaría hacer algunas aclaraciones al respecto. En primer lugar, al decir que Dios no está de acuerdo con el divorcio cualquiera que sea la causa, no estamos afirmando que el divorcio no existe como parece que Usted ha entendido. Lamentablemente, el divorcio existe a pesar que no es la voluntad de Dios. Así como el pecado existe a pesar de no ser la voluntad de Dios, el divorcio también existe a pesar de no ser la voluntad de Dios. Cuando el Señor Jesucristo fue interrogado acerca de por qué Moisés mandó dar carta de divorcio y repudiar a una esposa, la respuesta del Señor Jesús fue: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres, mas al principio no fue así. Esto lo tenemos en Mateo 19:7-8. El divorcio es uno de los muchos resultados de la presencia del pecado en el mundo. En segundo lugar, al exhortar a las parejas casadas a desechar el divorcio como una alternativa para resolver los conflictos de pareja, de ninguna manera insinuamos que apoyamos que una pareja viva en permanente conflicto con tal de mantener el vínculo matrimonial. Lo que sugerimos fue que las parejas cedan en sus posiciones rígidas defendiendo sus intereses y en sumisión al Señor, se sometan el uno al otro para hacer acuerdos que les permitan vivir en paz y armonía. Inclusive mencionamos que recurrir al divorcio como medida para resolver un conflicto de pareja es comparable a amputarse un brazo para resolver el problema de una astilla que se ha incrustado en un dedo. Todo divorcio, por cualquier causa que sea, tiene sus raíces en que uno de los dos, o ambos, no están sometidos primeramente al Señor. Cuando un esposo se somete al Señor primeramente, no tendrá problema en someterse a su esposa por medio de amarla así como Cristo amó a la iglesia. Cuando una esposa se somete al Señor primeramente, no tendrá problema en someterse a su esposo reconociéndolo como su líder, como su cabeza. ¿Ve el asunto? Si tanto esposa como esposo, se sometieran de corazón al Señor, no tendrían problema en someterse el uno al otro en el Señor y no existiría el divorcio. Esto es lo que sugerimos a las parejas con la finalidad de mantener la integridad del matrimonio. En tercer lugar, la felicidad no es la meta máxima de todo matrimonio. La meta máxima de todo matrimonio debe ser imitar a la relación que Cristo tiene con la iglesia. Si se apunta a esta elevada meta, en la pareja habrá amor, porque Cristo ama a la iglesia. En la pareja habrá comprensión, porque Cristo comprende a la iglesia. En la pareja habrá provisión, porque Cristo provee a la iglesia. En la pareja habrá respeto, porque Cristo respeta a la iglesia. En la pareja habrá entrega sin reservas, porque Cristo se entrega sin reserva a la iglesia. En la pareja habrá fidelidad, porque Cristo es siempre fiel a la iglesia. Y ciertamente, en la pareja habrá felicidad, porque Cristo da gozo, algo más que felicidad, a la iglesia. Lo que mantiene unida a una pareja madura, no es la felicidad, es el compromiso que se hicieron entre los dos cuando se unieron en matrimonio ante Dios. Lo que mantiene unida a una pareja madura ni siquiera es el amor, sino el compromiso que se hicieron entre los dos cuando se unieron en matrimonio ante Dios. Toda pareja pasa por etapas de conflicto donde no hay paz, no hay amor, no hay felicidad. Si la meta de los matrimonios fueran estas cosas, entonces no habría otra salida sino el divorcio, pero no tiene que ser así, cuando hay un compromiso ante Dios de mantenerse unidos hasta que la muerte o la venida del Señor nos separe. En cuarto lugar, la enseñanza de Jesús en cuanto al matrimonio trasciende al tiempo y a la cultura, simplemente porque todo divorcio, cualquiera que sea la causa, descansa en la dureza del corazón del hombre, algo que es propio del hombre desde que Adán y Eva cayó en pecado y está presente en toda cultura.