Salvacion

Desde Paraguay nos ha escrito un joven amable oyente para contarnos que ha oído hablar del Señor Jesucristo desde hace doce años atrás, pero hasta ahora no lo ha recibido como su único y personal Salvador. La gente que lo conoce piensa que él ya es creyente, pero él sabe que no y en lo privado su vida es un desastre. Dice que tiene mucho deseo de sentirse perdonado, pero no sabe si habrá perdón para las cosas que ha cometido. Nos pide un consejo.

Gracias amable oyente por haberse comunicado con nosotros. El hecho de haber oído de Jesucristo, inclusive de haber entendido la obra de Jesucristo, sin importar desde cuando, no garantiza que una persona sea perdonada de sus pecados o que sea salva. Alguien ha dicho que la distancia de la cabeza hasta el corazón de una persona es igual a la distancia entre el infierno y el cielo. Con esto dan a entender que si una persona tiene solamente conocimiento intelectual de Cristo y sale de este mundo en esas condiciones, terminará en el infierno, a pesar de todo lo que sabe de Cristo y de su obra. Pero si una persona hace “bajar” entre comillas ese conocimiento intelectual de Cristo y de su obra, a su corazón, en el sentido que de corazón recibe a Cristo como su único y personal Salvador, será perdonada de su pecado, cualquiera que este sea, y tiene vida eterna y algún día estará morando en el cielo con Dios por la eternidad. Usted dice que ha oído de Cristo y de su obra desde hace doce años pero hasta ahora no ha recibido a Cristo como su único y suficiente Salvador. No siga corriendo más riesgos, amable oyente, hoy mismo aplique lo que ya sabe de Cristo y de su obra, y tome la decisión voluntaria, por la fe, de recibir a Cristo como su Salvador. Usted también se pregunta si Dios le recibirá a pesar de todo lo malo que ha hecho en contra de él. Yo le digo amable oyente, que no hay pecado que sea lo suficientemente grave como para que la gracia de Dios no pueda perdonarlo. Me encanta lo que dice Isaías 1:18  Venid luego,  dice Jehová,  y estemos a cuenta:  si vuestros pecados fueren como la grana,  como la nieve serán emblanquecidos;  si fueren rojos como el carmesí,  vendrán a ser como blanca lana.

Lo que usted ha hecho contra Dios es algo muy grave. Se compara con la grana o con algo rojo como el carmesí. Pero si recibe a Cristo como su personal Salvador, los pecados como la grana serán emblanquecidos como la nieve y los pecados rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. No espere más. Hoy mismo deje que sus pecados sean lavados en la preciosa sangre de Cristo. Pero si usted persiste en su incredulidad hasta que salga de este mundo y a pesar de saber de Cristo y de su obra, no da el paso de fe de recibir a Cristo como Salvador, le espera castigo eterno en el infierno. Note lo que dice Juan 3:26 El que cree en el Hijo tiene vida eterna;  pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida,  sino que la ira de Dios está sobre él.

De modo que, amable oyente, no piense que lo que usted ha hecho ofendiendo a Dios está más allá del perdón de Dios. Refutando a los fariseos y escribas que se escandalizaban de que los publicanos y pecadores oían de buena gana su mensaje, el Señor Jesús pronunció tres parábolas, la de la oveja perdida, la de la moneda perdida y la del hijo pródigo. Permítame enfocarme solamente en la parábola del hijo pródigo. Lucas 15: 11-24 También dijo:  Un hombre tenía dos hijos;

Luk 15:12  y el menor de ellos dijo a su padre:  Padre,  dame la parte de los bienes que me corresponde;  y les repartió los bienes.

Luk 15:13  No muchos días después,  juntándolo todo el hijo menor,  se fue lejos a una provincia apartada;  y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.

Luk 15:14  Y cuando todo lo hubo malgastado,  vino una gran hambre en aquella provincia,  y comenzó a faltarle.

Luk 15:15  Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra,  el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.

Luk 15:16  Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos,  pero nadie le daba.

Luk 15:17  Y volviendo en sí,  dijo:  ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan,  y yo aquí perezco de hambre!

Luk 15:18  Me levantaré e iré a mi padre,  y le diré:  Padre,  he pecado contra el cielo y contra ti.

Luk 15:19  Ya no soy digno de ser llamado tu hijo;  hazme como a uno de tus jornaleros.

Luk 15:20  Y levantándose,  vino a su padre.  Y cuando aún estaba lejos,  lo vio su padre,  y fue movido a misericordia,  y corrió,  y se echó sobre su cuello,  y le besó.

Luk 15:21  Y el hijo le dijo:  Padre,  he pecado contra el cielo y contra ti,  y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

Luk 15:22  Pero el padre dijo a sus siervos:  Sacad el mejor vestido,  y vestidle;  y poned un anillo en su mano,  y calzado en sus pies.

Luk 15:23  Y traed el becerro gordo y matadlo,  y comamos y hagamos fiesta;

Luk 15:24  porque este mi hijo muerto era,  y ha revivido;  se había perdido,  y es hallado.  Y comenzaron a regocijarse.

El hijo pródigo ofendió terriblemente a su padre cuando demandó la parte de los bienes que le corresponde. Era como si estuviera diciendo a su padre: No me importas tú, me da igual que sigas vivo o que estés muerto, lo que me importa es la herencia que me corresponde, así que exijo que hagas inventario de todos tus bienes y me des lo que es mío. En un hecho que asombra, el padre accedió al atrevido pedido de su hijo. Con la bolsa del dinero a la mano, el hijo pródigo se fue a la provincia apartada y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Cuando ya no le quedaba ni un centavo, hubo una hambruna en esa provincia apartada. El hambre empujó al hijo pródigo a arrimarse a un ciudadano acaudalado de esa provincia apartada. Este hombre acaudalado envió al hijo pródigo a apacentar los cerdos de su hacienda. Estando entre los cerdos, el hijo pródigo deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. El hijo pródigo había tocado fondo. Fue en estas circunstancias que volvió en sí, y comenzó a pensar: Cuantos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan y yo aquí perezco de hambre. Este pensamiento se transformó en acción, porque el hijo pródigo dijo: Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado tu hijo, hazme como a uno de tus jornaleros. Así lo hizo, y cuando todavía no había llegado a su casa, el padre le vio a lo lejos y fue movido a misericordia y salió a recibirle a la carrera. Cuando se encontraron, el padre se echó sobre el cuello del hijo pródigo y le besó. Al padre no le importó que su hijo venía en harapos, no le importó que su hijo olía a cerdo, no le importó que su hijo estuviera descalzo, no le importó que su hijo estuviera desnutrido. Lo que importó es que su hijo había regresado al hogar. Cuando el hijo pródigo recuperó el aliento, comenzó a recitar el discurso que había preparado mientras apacentaba los cerdos. Dijo: Padre mío, he pecado contra el cielo y contra ti y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Solamente hasta este punto llegó el discurso. El padre le interrumpió y ordenó a sus siervos: Sacad el mejor vestido y vestidle y poned un anillo en su mano y calzado en sus pies. De esta manera el hijo pródigo fue totalmente restaurado a la posición de hijo. Como si esto fuera poco, el padre ordenó a sus siervos: Traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo, muerto era, y ha revivido; se había perdido y es hallado. Y comenzaron a regocijarse. En un sentido muy real, todos nosotros pecadores nos reflejamos en la vida del hijo pródigo. Unos hicimos peores cosas que otros, pero todos en general, terminamos en lo más bajo, apacentando cerdos. Pero lo maravilloso es que independientemente de cuan malos hayamos sido, el Padre celestial fue movido a misericordia cuando nos levantamos de nuestro estado de postración espiritual, y fuimos a él buscando perdón y restauración. El Padre celestial no nos recriminó, no puso ninguna condición, sino que solamente se echó a nuestro cuello y nos besó, luego nos vistió con el ropaje de su justicia, nos puso el anillo de autoridad como hijos en nuestra mano, nos calzó e hizo fiesta en el cielo, porque hay gozo en el cielo cuando un pecador se arrepiente. Comparto esto con usted, amable oyente, para que no dude que Dios le va a recibir y perdonar su pecado cuando usted por la fe reciba a Cristo como su único y Salvador personal. Usted ya sabe que es pecador conforme a lo que dice Romanos 3:23. Usted ya sabe que el castigo por el pecado es la muerte, según Romanos 6:23. Usted ya sabe que Dios le amó tanto que envió a su Hijo unigénito para que tome el lugar que a usted le corresponde para recibir el castigo que usted como pecador merece, según Romanos 5:8. Lo único que le falta es que en este mismo instante, allí donde se encuentra hable con Dios diciéndole: En este momento yo recibo a Cristo como mi Salvador personal. Cuando lo haga, llegará a ser hecho hijo de Dios, conforme lo que dice Juan 1:12. Que Dios mismo le guíe a tomar esta decisión importante.