Testigos de una invitación

Qué gozo saludarle, mi amiga, mi amigo. Sea Usted bienvenida o bienvenido al estudio bíblico de hoy en libro de Apocalipsis. En esta ocasión, seremos testigos de una invitación por demás extraña que recibió el escritor del libro de Apocalipsis.

Le invito a abrir su Biblia en el libro de Apocalipsis, capítulo 4 versículos 1-3. Este pasaje bíblico es el primero de la tercera sección del libro de Apocalipsis. Recuerde que el libro de Apocalipsis tiene tres secciones. La primera, se denomina las cosas que has visto y se encuentra en el capítulo 1, la segunda, se denomina las cosas que son, y se encuentra en los capítulos 2 y 3 y la tercera, se denomina las cosas que han de ser después de éstas y se encuentra entre los capítulos 4 a 22 del libro. Ya hemos estudiado las dos primeras secciones en nuestros estudios bíblicos anteriores. Hoy comenzamos con la tercera sección. Pero, se ha preguntado: ¿Por qué esta sección lleva ese nombre: las cosas que han de ser después de éstas? La razón, amable oyente, es porque esta sección describe lo que sucederá una vez que la iglesia, sea arrebatada de la tierra. Es interesante notar que la segunda sección del libro de Apocalipsis, las cosas que son, menciona con mucha frecuencia a la iglesia. Es más, esta sección está formada por mensajes a siete iglesias en la provincia romana de la antigüedad llamada Asia. Pero a partir del capítulo 4 y hasta el final del libro de Apocalipsis no se menciona en absoluto a la iglesia. ¿Por qué será? La razón es justamente porque la iglesia ya no estará en el mundo mientras acontezcan los eventos relatados a partir del capítulo 4 hasta el final del libro. Esto es muy necesario que sea tomado en cuenta por creyentes verdaderos que por ignorancia viven en constante temor en cuanto a que van a pasar por las calamidades que se relatan en buena parte de la tercera sección del libro de Apocalipsis. No hay tal, amigo oyente, si Usted es un verdadero creyente, Usted estará en el cielo cuando Dios derrame sobre la tierra los juicios, descritos en esta parte del libro de Apocalipsis. Muy bien. Lo que tenemos en el pasaje bíblico para hoy es una invitación extraordinaria para el apóstol Juan, escritor del Libro de Apocalipsis. Vamos a ver los entretelones de la invitación, la invitación en sí mismo y la majestad de la invitación. En cuanto a los entretelones de la invitación, Apocalipsis 4:1 en su primera parte dice: “ Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo” Juan había estado dedicado a escribir los mensajes que Jesucristo dirigió a siete iglesias locales ubicadas en lo que en el primer siglo se llamaba Asia. Estas iglesias, además de ser iglesias locales reales, también son una especie de muestras que indican el estado espiritual de la iglesia a lo largo de su existencia. La iglesia de Laodicea es la última iglesia a la cual el Señor dirigió su mensaje. La iglesia en Laodicea se caracterizó por ser una iglesia tibia. Esta tibieza será la característica de la iglesia en el último período de su existencia, antes que el Señor Jesucristo venga en las nubes para llevar al cielo a los que son verdaderamente salvos. Esto marcará el final de la existencia de la iglesia en la tierra. No es que la iglesia dejará de ser, lo que sucede es que continuará su existencia eterna pero en el cielo, no en la tierra. ¿Qué pasará después? Para saberlo, el apóstol Juan es partícipe de una invitación extraordinaria. Juan contempla una puerta abierta en el cielo. Me imagino yo, que Juan habrá sentido un impulso natural por entrar por esa puerta, pero ¿Cómo hacerlo? Consideremos por tanto, la invitación propiamente dicha. Se encuentra en la segunda parte de Apocalipsis 4:1 donde dice: “y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas” Mientras Juan debe haber estado absorto contemplando la puerta abierta en el cielo, pensando como llegar allá, oyó una voz que ya la había escuchado antes. Era esa voz como de trompeta, clara y poderosa que Juan percibió al inicio de su experiencia maravillosa en Patmos. Un examen de Apocalipsis 1:11 nos mostrará que quien emitió esa voz fue Jesucristo glorificado, el Alfa y la Omega, el primero y el último. El mensaje que recibió Juan esta vez era una orden: Sube acá. Desde el cielo, Jesucristo está invitando a Juan a subir. Juan debió haber pensado ¿Para qué? Jesucristo le dijo por tanto: yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas, es decir las cosas que van a suceder después que la iglesia sea arrebatada de la tierra. En eso, aconteció algo maravilloso. Consideremos por tanto la magnificencia de la invitación. Ciertamente no se trataba de una invitación común y corriente. Ponga atención a lo que dice Apocalipsis 4:2-3 “Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado. Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina; y había alrededor del trono un arco iris, semejante es aspecto a la esmeralda.” Aquí terminaron las preocupaciones de Juan sobre como llegar a la puerta abierta que estaba en el cielo. No fue necesario preocuparse. Jesucristo tenía bien planificado lo que debía hacer. A todos nos pasa eso. Tenemos la tendencia a preocuparnos en vano. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, Juan fue trasladado de la tierra al cielo, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no se sabe, la Biblia no lo declara. Juan finalmente atravesó la puerta. Fue una obra del Espíritu Santo. Dice Juan que estaba en el Espíritu. Esto significa que el Espíritu Santo estaba controlando todo lo que Juan veía y oía. Lo que contemplaron los ojos de Juan, tan pronto atravesó la puerta abierta en el cielo, es para dejar estupefactos a cualquiera. Parece que Juan no encontrara palabras para describir con propiedad lo que sus ojos estaban viendo. Lo primero que vio es un trono establecido en el cielo. El trono denota majestad, soberanía y gobierno. En el trono, había uno sentado. Acto seguido Juan intenta una descripción de quien estaba sentado en el trono. Dice que su aspecto era semejante a piedra de jaspe y de cornalina. Esto es por demás interesante. Juan no hace referencia a figura humana alguna. Quien estaba sentado en el trono, a los ojos de Juan era como una joya. La palabra griega que se ha traducido como jaspe denota una piedra preciosa, en extremo brillante que irradia el espectro de colores. Algo parecido al diamante. La cornalina, o sardio, es también una piedra preciosa, de color sangre o rojizo. Algo muy parecido al rubí ¿Cómo entender todo esto? Ah… amigo oyente, quien estaba sentado en el trono no es otro sino Dios mismo. Dios no tiene cuerpo, por eso Juan no pudo ver rasgos humanos. Lo único que pudieron apreciar sus ojos, es la gloria magnífica de su ser. No existe hombre que haya visto a Dios y siga vivo. La cornalina y el jaspe, eran la primera y última piedras preciosas, respectivamente, del pectoral del Sumo Sacerdote. Rodeando al trono había un halo con aspecto de esmeralda. Juan lo comparó con un arco iris. La esmeralda es también una piedra preciosa de color verde. Debe haber sido todo un espectáculo mirar lo que estaba contemplando Juan. ¿Pero sabe una cosa amigo oyente? Algún día, yo también voy a contemplar este maravilloso espectáculo. Y también Usted, si ha recibido a Cristo como Salvador. Al igual que Juan, nosotros también, algún día, estaremos en el cielo y nuestros ojos contemplarán la gloria de Dios sentado en su trono esplendoroso. ¿Tiene Usted esta esperanza? Si no la tiene, hoy es el momento de detenerse para reflexionar sobre esto. Lo único que Usted necesita es recibir a Cristo como Salvador. Para ello, reconozca que Usted es pecador. Lo dice la Biblia en Romanos 3:23. Reconozca que Usted está en peligro de recibir condenación eterna como consecuencia de su pecado. Lo dice la Biblia en Romanos 6:23. Reconozca que Cristo recibió en la cruz todo el castigo que Usted merece por ser pecador. Lo dice la Biblia en Romanos 5:8 y finalmente decida en su corazón recibir a Cristo como su Salvador personal. Si lo hace Usted será uno de los que como Juan participará de las glorias del cielo.

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