Cómo librarnos del desánimo

Qué gozo saludarle nuevamente amiga, amigo oyente. Reciba una cordial bienvenida al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada: Gigantes al Acecho. En nuestro último estudio bíblico tocamos el tema del desánimo y vimos que es un gigante muy agresivo, capaz de causar enorme daño. Tanto es así que destruyó por completo a toda una generación del pueblo de Israel en el desierto, según el relato que tenemos en el Antiguo Testamento. Todos nosotros hemos sido víctimas de este poderoso gigante en nuestra vida, tal vez unos más que otros. Es posible que usted, amable oyente, este preciso instante esté siendo víctima de este agresivo gigante. Si ese es el caso, le invito a seguir en sintonía porque vamos a hablar acerca de cómo librarnos del dominio de este gigante.

El desánimo ha causado estragos en países, familias, iglesias, ministerios cristianos y vidas de personas. Puede ser que usted sea hoy mismo una víctima más del despiadado gigante llamado desánimo. Si ese es el caso, no es extraño que se sienta como que ha entrado a un callejón sin salida, su vida estará a punto de derrumbarse, su gozo se habrá esfumado. No sabrá dónde poner su mirada. El gigante del desánimo le tendrá contra las cuerdas. El gigante del desánimo le gritará en su cara: Eres un inútil, no sirves para nada. No es sencillo levantar cabeza cuando se ha perdido el valor y la confianza. El gigante del desánimo hace que el alma languidezca, que el corazón desfallezca y que la mente se oscurezca. En estas condiciones, cualquier obstáculo, por más insignificante que sea, aparece como una elevada montaña. Cuando somos presa del desánimo, nos parece que hemos entrado en un círculo vicioso, donde todo se vuelve aburrido. La luz brilla por su ausencia, la esperanza se desvanece, el deseo agoniza y hasta llegamos a pensar que Dios nos ha abandonado. Una de las particularidades del desánimo es que es contagioso. En Números 32 Moisés advierte a las tribus de Rubén y Gad en el sentido que no desanimen a los hijos de Israel, para que no pasen a la tierra que Jehová les ha dado. Los descendientes de Rubén y Gad querían quedarse al otro lado del río, en donde la tierra era buena para la ganadería. Rubén y Gad tenían grandes rebaños y la tierra del lado del desierto era ideal para ellos. Moisés tuvo que decirles que debían tener cuidado porque podían desanimar y destruir a los Israelitas. Leo en Números 32:15. La Biblia dice: Si os volviereis de en pos de él, él volverá otra vez a dejaros en el desierto, y destruiréis a todo este pueblo.
Moisés estaba preocupado porque el desánimo podía contagiar a todo el pueblo y así, el desánimo podía destruir a toda la nación. No hay lugar a dudas en cuanto a que los resultados del desánimo pueden ser fatales. Bueno, ahora que hemos visto cuan devastador puede llegar a ser el desánimo, pensemos en la solución. Lo primero que tenemos que hacer para no dejarnos dominar del desánimo es reconocer que estamos desanimados. Parece algo sencillo, pero no lo es en realidad. Todos tenemos nuestro orgullo, el cual se opondrá a que admitamos alguna debilidad en nosotros. Pero si deseamos dominar al poderoso gigante del desánimo, debemos recurrir al Señor en oración para decirle: Señor, reconozco que estoy desanimado, pero no quiero que desánimo controle mi vida, quiero vencer mi desánimo. Una oración de esta manera puede ser perfectamente el primer paso para derrotar al desánimo. Segundo, debemos reconocer que por estar desanimados, miramos a los obstáculos de una manera desproporcionada. El mínimo problema nos parecerá como una barrera insalvable. Eso fue justamente lo que pasó con el pueblo de Israel. Cuando dejaron que el desánimo inunde su ser, note como vieron a los obstáculos. Deuteronomio 1:28 dice: ¿A dónde subiremos? Nuestros hermanos han atemorizado nuestro corazón, diciendo: Este pueblo es mayor y más alto que nosotros, las ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo; y también vimos allí a los hijos de Anac.
Algo de esto era verdad. Las ciudades en la tierra prometida eran grandes, pero no tanto, la gente era mayor y más alta, pero no tanto, las ciudades tenían murallas, pero de ninguna manera las murallas llegaban hasta el cielo, como a ellos les parecía. Los hijos de Anac eran gigantes, pero también había gente normal. El desánimo amplifica los obstáculos para obligarnos a retroceder. Igual puede pasar con usted amable oyente. Si está desanimado, verá a los obstáculos como montañas, pero reconozca que eso no es real y decídase a enfrentar las dificultades y verá que como en su tiempo dijeron Josué y Caleb sobre los gigantes de Canaán, los comerá como pan. Tercero, debemos poner nuestra mirada en el Señor. En eso consistió el mayor de los fracasos de Israel. Ellos tenían por un lado la palabra de Dios, quien les prometió darles en heredad perpetua la tierra de Canaán, la tierra que fluye leche y miel, pero por otro lado tenían la palabra de los diez espías, quienes decían: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros. Allí vimos gigantes, hijos de Anac, raza de gigantes, y éramos, a nuestro parecer, como langostas, y así les parecíamos a ellos. A causa del desánimo, el pueblo quitó la mirada del Señor y puso su mirada en los problemas. Para salir del desánimo tenemos que hacer el proceso inverso. Tenemos que quitar la mirada de los problemas y ponerla de nuevo en el Señor. Eso fue lo que Josué y Caleb pedían a gritos al pueblo de Israel. Números 14:9 dice: Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de esta tierra; porque nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová; no los temáis.
Si quiere dominar al gigante llamado desánimo, no se fije en lo grande de los problemas, fíjese en el Señor quien es más grande que el más grande de sus problemas. Como bien afirma el dicho: No le digas a Dios cuán grande es tu problema, sino dile a tu problema cuán grande es tu Dios. Quitar la mirada del Señor es fatal amable oyente. ¿Recuerda lo que le pasó a Pedro cuando caminaba sobre el agua? Mientras tenía su mirada puesta en el Señor, podía caminar sobre el agua, pero cuando quitó su mirada del Señor y la puso en las olas del mar, comenzó a hundirse. Igual es con nosotros, amable oyente. Si nuestra mirada está en el Señor nos mantendremos a flote pero si ponemos nuestra mirada en los problemas, muy pronto comenzaremos a hundirnos en el mar del desánimo. Cuarto, invierta tiempo en la palabra del Señor y la oración. Estas actividades que antes nos llenaban de gozo, a causa del desánimo llegan a parecer vacías y aburridas. Pero si sinceramente desea abandonar su desánimo, separe un tiempo durante el día para estar a solas con la palabra de Dios y con el Dios de la palabra en oración, aún cuando todo su ser se resista a hacerlo. Notará que poco a poco entrará un rayo de luz a la lúgubre morada en la que se halla a causa del desánimo. Quinto, evite los momentos de soledad. Busque oportunidades para servir al prójimo. Esto hará que quite la mirada de sobre usted mismo y la ponga sobre otros. Verá como esto le ayuda a evitar la autocompasión que casi siempre acompaña al desanimado. Quizá me dirá que no se siente con ánimo ni para ayudarse a usted mismo, peor para ayudar a otros. Bueno, si ese es su caso, tome a esto de servir a otros como una terapia necesaria para su restauración. Los remedios no siempre son agradables, pero es necesario tomarlos si se quiere salir de algún problema de salud. De modo que aunque todo su ser se resista a servir al prójimo, oblíguese a hacerlo. En cuestión de poco tiempo su desánimo habrá quedado a un lado al ver como Dios le usa para el bien de otros. Sexto, dé atención a un problema a la vez, no se deje abrumar por la cantidad de problemas que tenga que resolver. De uno en uno puede resolver todos sus problemas. Mientras esté resolviendo un problema, olvídese del resto de problemas. Uno a la vez. Esto le ayudará a no sentirse ofuscado ante la aparente o real gravedad de sus dificultades. Séptimo, evite automedicarse con medicinas o químicos para recuperar el ánimo. Estas medicinas podrían conducirle a la adicción y no curarán en realidad su problema de desánimo. Lo único que harán es maquillar el problema haciéndole creer que todo marcha bien. Octavo, agradezca al Señor por la restauración que pronto llegará y por la victoria sobre ese tan agresivo gigante del desánimo.