Aceptar la realidad de una pérdida

Saludos cordiales amable oyente. Es un gozo estar nuevamente junto a usted. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Estamos tratando el tema de cómo salir victoriosos del valle de la muerte. La muerte no es natural al ser humano. Dios no nos creó para morir. La muerte es uno de los muchos efectos negativos del pecado. Por eso es que cuando la muerte visita a uno de nuestros seres queridos, causa tremendo dolor a los deudos. Aun los que tenemos la esperanza gloriosa de la vida más allá de la muerte, sentimos el frío puñal del dolor cuando parte de este mundo un ser querido. En esta ocasión vamos a hablar acerca de cómo enfrentar el dolor producido por una pérdida en general y por la pérdida de un ser querido en particular. Dispongamos nuestro espíritu para recibir el consejo de la palabra de Dios.

Toda pérdida produce dolor. Si alguien pierde su trabajo repentinamente, sentirá dolor, especialmente en esta época, cuando los índices de desempleo son tan elevados y se torna difícil volver a encontrar un trabajo. Si alguien pierde la salud, sentirá dolor, especialmente si la enfermedad es incurable o deja consecuencias irreversibles como la incapacidad de concebir en una mujer, por ejemplo. Si alguien pierde sus bienes materiales por un desastre natural o por un robo o por un incendio, o por un accidente, sentirá dolor. A mayor pérdida mayor dolor, naturalmente. Pero el dolor no tiene comparación cuando se trata de la pérdida de un ser querido, aun cuando la muerte haya ocurrido después de una prolongada enfermedad, no se diga si la muerte es súbita como resultado de un accidente automovilístico o de aviación. En nuestro estudio bíblico último, vimos que el dolor no desaparece de la noche a la mañana como por arte de magia, aun contado con el consuelo que el Señor nos da por medio de su palabra. El dolor es un camino por el cual es necesario andar para poder dejarlo atrás. David dijo en el Salmo 23: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno. David sabía que debía andar por el valle de sombra de muerte, debía andar por el dolor producido por la muerte. Pero en esa senda David sabía que contaba con la guía y protección de Jehová, entonces no tenía por qué temer mal alguno. Habrá dolor, por supuesto, pero en medio del dolor estará la presencia protectora de Jehová. La senda del dolor tiene varias etapas. Hoy quisiera referirme a la primera etapa, quizá la más difícil, la etapa que todos rehuimos por instinto. Para caminar con éxito por la senda del dolor producido por cualquier pérdida, es necesario en primer lugar aceptar la pérdida como alto real. En nuestro estudio bíblico último, dijimos que la primera reacción del ser humano ante el dolor por una pérdida es un estado de shock, donde lo que se ha perdido parece irreal. Todo parece una terrible pesadilla de la cual algún momento despertaremos, pero por más que nos pellizquemos para despertar, no logramos despertar. No es un sueño, es realidad lacerante. Es el shock ante la pérdida. Esta es una reacción natural en el ser humano para amortiguar los impactos emocionales causados por la pérdida. Algún momento debemos salir de ese estado. Algún momento debemos despertar a la realidad de que no estamos teniendo una pesadilla. Si se ha perdido el trabajo, debemos enfrentar la realidad de que hoy por hoy, estamos desempleados. Si se ha perdido la salud, debemos enfrentar que hoy por hoy engrosamos las estadísticas de los pacientes con tal o cual enfermedad. Si se han perdido bienes materiales, o negocios, debemos enfrentar que hoy por hoy esos bienes ya no nos pertenecen. Si ha partido de este mundo un ser querido, debemos enfrentar el hecho que a partir de hoy, esa persona tan amada no está con nosotros y que no la veremos hasta que nosotros vayamos a la gloria, asumiendo por supuesto que quien murió y nosotros somos creyentes. A veces es necesario recurrir a acciones un tanto bruscas para salir del estado de shock y despertar a la realidad. Una persona que perdió todas sus pertenencias en un incendio, tuvo que ir y pararse entre las cenizas de lo que fue su casa para despertar a la realidad de que se había quedado literalmente en la calle. Otra persona tuvo que ver los restos mortales de su esposo en el ataúd, para despertar a la realidad que su esposo había fallecido en un accidente automovilístico y que no lo vería más en este mundo. No es conveniente prolongar este estado de shock. Es necesario aceptar la realidad de la pérdida. De lo contrario es posible caer en serios problemas emocionales. Conozco de casos donde una madre lleva ya años manteniendo intacto el dormitorio de su hijo que murió, pensando que algún momento su hijo va a venir y va a ocupar el dormitorio. No permite que nadie toque nada de ese dormitorio. Esto es a lo que puede llevar el negarse a aceptar la realidad de una pérdida. En esta etapa de caminar por la senda del dolor, ayuda mucho saber que aunque existen cosas que se pueden perder, existen también cosas que no se pueden perder. Una las cosas que no se puede perder es por ejemplo, el tener a la mano a alguien que comprende totalmente nuestro dolor. Mire lo que dice Hebreos 4:15 porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
Este texto está hablando de Jesucristo. Él es nuestro gran Sumo Sacerdote. Como tal, Él puede compadecerse de nuestras debilidades, no sólo en el sentido de entender nuestra fragilidad como humanos, sino también en el sentido de saber como nos sentimos cuando llegamos a ser presa del dolor. En esta etapa del camino del dolor poco ayudan las frases de consuelo de la gente, aunque digan que saben lo que sentimos. No hay tal. Nadie en este mundo sabe cómo nos sentimos. Solamente Cristo Jesús sabe como nos sentimos, porque Él soportó mucho más que lo que nosotros estamos padeciendo. Él lloró como Dios ante la incredulidad de la gente de Jerusalén, Él lloró como hombre ante la tumba de su amigo Lázaro. Ninguno de nosotros ha llorado como Dios y como hombre, pero Él sí. Por eso Él nos comprende. Él sabe como nos sentimos sin necesidad de que le expliquemos, porque en esas condiciones, ni siquiera podemos explicarnos a nosotros mismos como nos sentimos. Esto es algo que nunca podemos perder. Algo que tampoco nunca podemos perder, es el amor de Dios. Cuando sentimos en el corazón el filo puñal del dolor, podemos llegar a pensar que a lo mejor Dios no nos ama. Pero no es así, amable oyente. El amor de Dios no cambia jamás. Siempre ha sido el mismo y siempre será el mismo. Ponga atención a lo que dice Romanos 8:38-39: Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,
Rom 8:39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
Esta es la infalible palabra de Dios, amable oyente. Pueda ser que el mundo se derrumbe a sus pies por la pérdida que ha sufrido, pero el amor de Dios se mantiene tan cálido y fresco como siempre. Bueno, una cosa es que Cristo Jesús entienda plenamente como nos sentimos cuando estamos embargados de dolor, e inclusive que Dios nos ame como siempre nos ha amado, pero otra cosas es como me puede ayudar aquello con la montaña de dolor que llevo dentro. Bueno, allí es justamente donde entra otro elemento que la Biblia declara que nunca se puede perder. Es el hecho que Dios está dispuesto no sólo a compartir nuestro dolor sino a llevar nuestro dolor. ¡Oh como ayuda este pensamiento a los corazones destrozados por el dolor. Mire lo que dice Salmo 62:5-7 Alma mía, en Dios solamente reposa,
Porque de él es mi esperanza.
Psa 62:6 El solamente es mi roca y mi salvación.
Es mi refugio, no resbalaré.
Psa 62:7 En Dios está mi salvación y mi gloria;
En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio.
Qué invitación tan pertinente para el alma adolorida. En medio del dolor, el alma no sabe dónde encontrar reposo. La Biblia dice: Alma mía, en Dios solamente reposa, porque Él es mi esperanza. En medio del dolor, el alma no sabe donde encontrar algo firme para asentar el pie. Todo parece tan pasajero, tan cambiante. La Biblia dice: Alma mía, en Dios solamente reposa, porque Él solamente es mi roca y mi salvación. La verdad que uno no puede resistirse a esta invitación, más aún cuando uno se halla en medio del fuego del dolor ante cualquier pérdida. Esto es algo que no se puede perder. El primer paso para atravesar con éxito la senda del dolor es aceptar la pérdida como algo real. En esto ayuda mucho saber que aún cuando existen cosas que se pueden perder, también existen cosas que no se pueden perder, como esto de tener en Jesucristo a alguien que entiende nuestro dolor, esto de saber que Dios no cambia nunca en su amor para nosotros y esto de saber que Dios está listo para llevar nuestras cargas.