la ira

Gracias por recibirnos. Es un gozo compartir con Usted. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Seguimos en la serie titulada La Vida Auténticamente Cristiana, en la cual estamos estudiando las características de este estilo de vida. En esta ocasión, David Logacho nos hablará acerca de la ira.

La ira es una fuerte emoción que genera una poderosa energía que impulsa destruir aquello que lo provoca. A manera de ilustración permítame compartir este incidente en la vida del famoso compositor y director de orquesta Toscanini, conocido tanto por sus dotes para la música como por su mal genio. Cuando los miembros de su orquesta tocaban mal, tomaba cualquier cosa que estaba a la mano y la lanzaba con furia contra el suelo. Durante uno de los ensayos alguien tocó mal una nota musical y el genio agarró su valioso reloj y lo estampó contra el suelo haciéndolo mil pedazos. Poco tiempo después de esta demostración de furia descontrolada, se celebraba el cumpleaños de Toscanini. En esa ocasión, sus fieles músicos le hicieron un presente en una caja finamente adornada. Cuando Toscanini la abrió, en su rostro se dibujó la sorpresa. Se trataba de dos relojes. El uno era una obra maestra. Un fino y elegante reloj suizo de oro puro. El otro era una bagatela, pero tenía incrustada esta leyenda en el brazalete: “Sólo para ser usado en los ensayos de la orquesta” Interesante, ¿no le parece? Así se manifiesta la ira. Es esa emoción fuerte que genera una poderosa energía que impulsa a destruir lo que lo provoca. Esto es lo que hace que la mamá lance la cuchara que tiene en la mano al hijo que derrama la leche en la mesa, o el futbolista que arremete a patadas contra algún jugador contrario que ha hecho una falta. Todo es producto de la ira. Pero la vida auténticamente cristiana se caracteriza por evitar demostraciones de furia descontrolada. Note que no estoy diciendo que la vida auténticamente cristiana se caracteriza por la ausencia de ira, porque la ira en sí mismo es una emoción normal en el ser humano. Quizá esto le sorprenda. Pero por el hecho de ser creados a imagen y semejanza de Dios, el ser humano está en capacidad de experimentar ira, así como Dios experimenta ira. A lo mejor esto le sorprenda aún más. Permítame mostrarle con la Biblia que Dios experimenta ira. Consideremos al Padre. Salmo 7:11 dice: “Dios es juez justo, Y Dios está airado contra el impío todos los días.” Allí lo tiene. Dios está airado contra el impío. El Padre experimenta ira. El motivo es el pecado del impío. Ahora consideremos al Hijo. En Marcos 3:5 leemos: “Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.” Esto tiene que ver con Jesús en la sinagoga de Capernaum. Jesús, el Hijo, experimentó ira. En este caso, la ira fue provocada por los corazones de la gente, endurecidos por el pecado de incredulidad. Ahora consideremos al Espíritu Santo. En algún momento de la agitada historia del pueblo de Israel, los amonitas acamparon contra Jabes de Galaad. En su desesperación, los habitantes de la ciudad se ofrecieron a servir como esclavos de los amonitas, con tal de que de preservar la vida. Los amonitas respondieron: Muy bien, lo haremos siempre y cuando nos permitan que saquemos el ojo derecho a cada uno. Qué triste. Esto llegó a oídos de Saúl y mire lo que sucedió después. 1 Samuel 11:6 dice: “Al oír Saúl estas palabras, el Espíritu de Dios vino sobre él con poder; y él se encendió en ira en gran manera.” Qué interesante. El Espíritu Santo viene sobre Saúl y ¿qué es lo que produce en él? Ira, pero no una leve ira, sino ira en gran manera. El Espíritu Santo también experimenta ira. En este caso la ira fue provocada por el ataque de los enemigos al pueblo de Dios. De modo que la Deidad experimenta ira. El hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, por tanto, también experimenta ira, especialmente cuando la persona de Dios o la palabra de Dios o el pueblo de Dios están bajo ataque de los enemigos. Así que, la ira no es mala en sí misma. Esta es la razón para que la Biblia contenga textos como Efesios 4:26-27 dice: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo.” Observe que airarse es inevitable para el ser humano, especialmente cuando la persona de Dios, o la palabra de Dios, o el pueblo de Dios es objeto de ataque. El texto dice: Airaos. Sin embargo, el texto también dice: Cuando esté airado, tenga cuidado de no pecar. La ira, en un sentido, predispone al ser humano para pecar. El pecado ocurre cuando esa ira degenera en enojo. Por eso el texto dice: Que el sol no se ponga sobre vuestro enojo. El enojo es la explosión violenta de la ira. Entre el tiempo que se produjo la ira y el tiempo que se pone el sol, es posible que la ira ya haya degenerado en enojo. El enojo ya es pecado. Al permitir que la ira se transforme en enojo, estamos dando lugar al diablo. La meta del creyente debería ser que su ira no se transforme en enojo. Este enojo se manifiesta de diversas maneras. Puede manifestarse internamente. La persona no dirá nada indebido ni hará nada indebido. Se limitará a apretar los dientes, cerrar bien los puños, ponerse rojo como un tomate y nada más. El enojo se ha guardado en el interior. Pero el enojo también puede manifestarse externamente. La persona dirá a gritos cosas sin pensar o hará cosas absurdas bajo el control absoluto de una furia salvaje. La manifestación del enojo siempre tiene sus consecuencias. Estas consecuencias dependen del tipo de manifestación del enojo. Si el enojo se expresa internamente, produce problemas espirituales, es un obstáculo para la oración, problemas emocionales, la persona se vuelve rencorosa, y problemas físicos. El enojo guardado produce exceso de bilis en el estómago con las funestas consecuencias de ello. Si el enojo se expresa externamente, causa destrucción, vergüenza, peleas, resentimientos que muchas veces son irreparables. Horacio lo dijo muy bien: La ira es un momento de locura. La gran pregunta sería por tanto: ¿Cómo podemos evitar que la ira se transforme en enojo?. Para ello tomemos como caso de estudio un incidente en la vida de Nehemías. Se encuentra en el capítulo 5 del libro que lleva su nombre. Nehemías llegó a saber acerca de un asunto que le causó gran ira. Pero Nehemías no permitió que esa ira se manifieste en furia salvaje. Veamos qué es lo que hizo. En primer lugar, Nehemías reconoció la ira. Nehemías 5:6 dice: “Y me enojé en gran manera cuando oí su clamor y estas palabras” Este es el primer paso para manejar bien la ira. Es necesario reconocer que estamos airados. No nos hará ningún bien decir que no estamos airados cuando sabemos que lo estamos. Ignorar los problemas no nos ayuda en nada. Aprenda a reconocer cuando esté con ira. En segundo lugar, Nehemías lo meditó. Nehemías 5:7 en la primera parte dice: “Entonces lo medité” El verbo Hebreo que se ha traducido como “meditar” literalmente significa: Hablar con uno mismo, o aconsejarse uno mismo. Para hablar con uno mismo, o aconsejarse uno mismo se necesita de tiempo. Cuando el texto dice que Nehemías lo meditó, está dando a entender que después que reconoció que estaba airado, Nehemías se quedó quieto por un tiempo. No sabemos exactamente cuánto tiempo, pero se quedó quieto. De aquí aprendemos que jamás debemos actuar inmediatamente después de que algo nos haya hecho airar. Es otro paso para evitar que la ira degenere en enojo. Cuentan que Julio César recitaba el alfabeto antes de hablar o hacer algo después de haber sido airado. Igual debe ser con Usted. Luego de airarse, cante o recite algo que ha memorizado, o dé una caminata, o cuente hasta diez, cualquier cosa que le consuma algo de tiempo. La idea es enfriar la cabeza antes de actuar. Es indispensable para evitar el enojo. Proverbios 14:29 dice: “El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad.” En tercer lugar, con la cabeza fría, Nehemías confrontó lo que causó la ira. Nehemías 5:7 dice: “Entonces lo medité, y reprendí a los nobles y oficiales, y les dije: ¿Exigís interés cada uno a vuestros hermanos? Y convoqué contra ellos una gran asamblea.” Nehemías está tomando el toro por los cuernos. Está confrontando el problema. Las cosas que causan ira no se arreglan ignorándolas. Es necesario confrontarlas para que no vuelvan a suceder. Pero para hacerlo hace falta tener la cabeza fría. Proverbios 15:1 dice: “La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor” Por último, Nehemías bañó todo este proceso en oración. Nehemías 5:19 dice: “Acuérdate de mí para bien, Dios mío, y de todo lo que hice por este pueblo.” Qué hermoso. Lejos de terminar en furia descontrolada, el incidente con Nehemías terminó con oración. La ira no degeneró en enojo. Así deberían terminar todos los episodios que nos causan ira, pero para ello es necesario dar los pasos que dio Nehemías. La vida auténticamente cristiana se caracteriza por evitar que la ira degenere en enojo.