La muerte

Damos gracias al Señor por el privilegio que es para nosotros el tener a Usted como uno de nuestros oyentes. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Prosiguiendo con la serie que lleva por título: La Vida Auténticamente Cristiana, en esta ocasión, David Logacho nos hablará acerca de un correcto enfoque sobre la muerte.

Pensando en la muerte, W. G. Elmslie dijo lo siguiente: Entre los que son de Cristo, nunca deberían decir: esta es la última vez que nos vemos. Claro, porque en algún momento volverán a verse en el más allá. Amos J. Tarver dijo acerca de lo mismo: La muerte no es un punto final, sino una coma en la historia de la vida. Gotthold dijo algo muy estimulante sobre la muerte: Cuando un creyente muere, no es como un niño que es obligado con la vara a dejar de jugar, sino como un niño que está cansado de jugar y quiere regresar a su casa. A un anciano escocés en su lecho de muerte, se le pregunto qué pensaba sobre la muerte. Respondió: Me importa poco si vivo o si muero, porque si muero, yo estaré con Jesús y si vivo, Jesús estará conmigo. Estamos hablando de la muerte porque otra característica de la vida auténticamente cristiana es un adecuado enfoque sobre la muerte. Antes de seguir adelante será bueno clarificar lo que significa la palabra muerte. Básicamente significa: separación. En la Biblia se habla de tres tipos de muerte. La muerte física, que es la separación entre la parte inmaterial del hombre, y la parte material del hombre. La muerte espiritual es la separación entre el espíritu del hombre y Dios. La muerte segunda, también conocida como la muerte eterna es la eterna separación de Dios en un lugar de tormento en fuego, o el estado eterno de los malos. La palabra de Dios muestra que el hombre nace en un estado de muerte espiritual, es decir, separado de Dios. Romanos 3:23 dice: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” La única manera de revertir este estado y pasar a tener vida espiritual es por medio de recibir a Cristo como Salvador. Juan 3:36 dice: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” Si el hombre persiste en ese estado de muerte espiritual y le sobreviene la muerte física, se habrá terminado la oportunidad que ese hombre tenía para arreglar su problema de pecado con Dios, y entrará a la muerte segunda o muerte eterna. Un estado que no puede ser revertido de ninguna manera. Hebreos 9:27 dice: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” Ahora bien, dando como un hecho, porque en realidad es así, que los auténticos cristianos han dejado de estar en el estado de muerte espiritual y han llegado a tener vida espiritual, es necesario que tengan un correcto enfoque sobre la muerte física. En cuanto a esto, la Biblia enseña que la muerte física es el resultado de la entrada de pecado en el mundo. Una vez que Adán y Eva cayeron en pecado, Dios les hizo saber las funestas consecuencias de esta acción. Tome nota de una de esas consecuencias. Génesis 3:19 dice: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” Si el pecado no hubiera entrado en el mundo, la muerte física no estaría presente en el mundo. ¿Puede imaginar un mundo en el cual no exista la muerte física? ¡Maravilloso! ¿Verdad? Un mundo así está por venir. Apocalipsis 21:4 nos habla de una de las características de ese mundo futuro. Dice así: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” Jesucristo, quien venció a la muerte, garantiza la ausencia de la muerte en aquel mundo futuro. Además de esto, la Biblia dice que Dios determina de antemano cuánto tiempo va a vivir cada ser humano. Job 14:5 dice: “Ciertamente sus días están determinados, y el número de sus meses está cerca de ti; le pusiste límites, de los cuales no pasará” Este pensamiento puede ser difícil de asimilar para mucha gente, especialmente para la gente incrédula, pero para los creyentes es una especie de seguro de vida. Dios no solo conoce, sino que ha determinado los segundos, minutos, horas, días, meses y años que yo voy a vivir. Eso me dice que no saldré de este mundo ni un segundo antes ni un segundo después que lo que Dios ha establecido. Entonces no debo enfrentar la vida con temor de que la muerte me pueda sobrevenir en cualquier momento. Relacionado con esto, la Biblia dice que debemos entender que la vida en este mundo es muy pasajera, muy temporal. Job 14:1-2 dice: “El hombre nacido de mujer, corto de días, y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece.” Vista así la vida, a la luz de la muerte, no tiene sentido invertir el poco tiempo que tenemos en edificar un imperio, sabiendo que cuando salgamos de este mundo no podremos llevar nada que sea material al más allá. Job lo reconoció cuando dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá.” Aunque la muerte produce terror en la mayoría de los seres humanos, los creyentes no debemos mirar a la muerte con terror. Cristo Jesús nos ha librado del temor a la muerte. Tanto es así, que en referencia a los creyentes, la Biblia habla de la muerte como un estado de sueño. Hablando de su amigo Lázaro, quien tenía cuatro días de muerto, Jesús dijo lo siguiente, según Juan 11:11 “Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle.” Esto no significa que cuando un creyente muere, su alma va a un estado de inconciencia, al sueño del alma, como sostienen algunas sectas falsas. Lo que significa es que la muerte para el creyente es comparable a esa sensación agradable que se experimenta cuando se entrega en los brazos de un profundo y reparador sueño. La Biblia también habla de la muerte como un cambio de morada, como cambiarse de una choza, o una tienda de campaña, a un majestuoso palacio. 2 Corintios 5:1 dice: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” El creyente puede vivir en uno de dos lugares. En el cuerpo, mientras está en el mundo, la Biblia lo compara con un tabernáculo, una habitación rústica, temporal, o en el cielo, cuando sale de este mundo, la Biblia lo compara a un edificio, pero no hecho de manos, es el mismo cielo. Morir para el creyente, es equivalente a ser promovido del nivel terrenal, con todos los inconvenientes, al nivel celestial, donde todo es perfecto. Pablo anhelaba que llegue ese momento de partir del tabernáculo y llegar al edificio. Note lo que dijo según Filipenses 1:23: “Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” La Biblia también habla de que la muerte es el momento de reunirse con la parte de la familia que partió antes de nosotros. Por ejemplo, cuando Jacob murió, dice la Biblia que se reunió con sus padres. Génesis 49:33 dice: “Y cuando acabó Jacob de dar mandamientos a sus hijos, encogió sus pies en la cama, y expiró, y fue reunido con sus padres.” La muerte nos separa de unos, pero nos une a otros. Los que quedan dicen: Se fue. Los que están allá dicen: Llegó. Allí está Jesús en persona, allí están todos los patriarcas. Allí están los apóstoles. Allí están todos los que han salido de este mundo confiando en Cristo como su Salvador. Allí están todos los seres queridos que nos precedieron en ese asombroso viaje. La muerte es reunión con los que nos antecedieron. Un avión en vuelo hacia Miami fue declarado en emergencia. Casi todos los pasajeros comenzaron a desesperarse, excepto por una ancianita quien como si estuviera ajena al peligro en que estaba, proseguía con su tejido. Cuando finalmente el avión aterrizó sano y salvo en Miami, una mujer que estaba sentada al lado de esta ancianita, le preguntó: ¿Cómo es que Usted estaba tan tranquila mientras el avión estaba en peligro de estrellarse? Con una sonrisa en los labios, la ancianita respondió diciendo: Mire, soy viuda. El Señor nos dio una sola hija quien vive aquí en Miami. Si el avión aterrizaba sin problema, me iba a recibir mi hija, a quien no he visto en mucho tiempo, pero si el avión se accidentaba y yo moría, me iba a recibir mi esposo, a quien tampoco he visto en mucho tiempo. A los dos le quiero mucho. Así que no tenía por qué preocuparme. Finalmente, la Biblia muestra que la muerte de los creyentes es estimada para Dios. Salmo 116:15 dice: “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos” Algo estimado es algo valioso, algo precioso. La muerte de los creyentes es tan valiosa, o tan preciosa que Dios no lo va tratar ligeramente. Si un creyente muere es porque eso fue absolutamente necesario en los planes y propósitos de Dios. No hay motivo para pensar que Dios se ha equivocado al llevarse a alguien de este mundo. Pero la muerte de un creyente es estimada, porque además eso significa que Dios tiene con él a alguien que es suyo. Es como cuando un padre ve regresar a su hijo al hogar luego de un largo viaje. Los que somos padres y hemos tenido hijos que han estado fuera del hogar por largo tiempo, por sus estudios por ejemplo, hemos experimentado el gozo profundo al ver que el hijo regresa luego de terminar sus estudios. Este gozo es un pálido reflejo de lo que debe sentir el Señor cuando ve a uno de sus hijos retornando al hogar. Por eso dice la Biblia: estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos. Puede ser que la muerte esté rondando muy cerca de su vida. Si Usted es creyente, no tenga temor. Agárrese fuerte de lo que dice la Biblia sobre la muerte. Puede ser que un ser querido suyo, quien confiaba en el Señor como su Salvador, ha partido hace poco al hogar celestial. No se desespere, no eche la culpa a Dios. Piense en todo lo que la Biblia dice sobre la muerte de un creyente. Anímese con la idea que algún día Usted se volverá a encontrar con él o con ella, asumiendo que Usted es creyente, por supuesto. Otra característica de la vida auténticamente cristiana es una adecuada perspectiva de la muerte.