Comunicar a otros lo que Dios ha hecho con nosotros

Saludos amigos oyentes. Bienvenidos a un nuevo estudio bíblico dentro de la serie titulada: La Vida Auténticamente Cristiana. En esta ocasión, estudiaremos otra de las características de la vida auténticamente cristiana es comunicar a otros lo que Dios ha hecho con nosotros.

A raíz que terminó la segunda guerra mundial, algunos pueblos de Europa quedaron en la ruina total. En medio de los escombros de las edificaciones deshechas por las bombas, se movían como fantasmas algunos sobrevivientes, buscando afanosamente algún alimento para saciar su hambre. Al atravesar por un túnel semidestruido, uno de ellos se halló de pronto ante una bodega llena de deliciosos manjares muy bien dispuestos y ordenados en una estantería de madera. Seguramente era la bodega de alimentos de algún residente de aquel pueblo, quien había huido poco antes del bombardeo. Entre sorprendido y contento, comenzó a comer y comer. Una vez satisfecho, se acostó a descansar y se puso a dialogar consigo mismo. Aquí tengo comida para mucho tiempo, se dijo, sólo será cuestión de que nadie más encuentre el túnel por donde yo llegué a esta bodega. Mientras pensaba en como ocultar la entrada del túnel, le vino un pensamiento: ¿Y la cantidad de gente que está afuera sin un bocado que llevar a la boca? Se esforzó por sacar este pensamiento de su mente. Total, se decía a sí mismo, la vida es una ruleta, y a mí me ha tocado ganar esta vez. No tengo por qué preocuparme por los perdedores. Pero su conciencia no le dejaba en paz. Sabía que estaba siendo egoísta. Sabía que en la bodega había alimento de sobra para todos los que estaban afuera, y para muchos días. No pudo soportar más el peso de su conciencia, se levantó de un salto y salió a la calle gritando: ¡Oigan todos! ¡Vengan acá que encontré suficiente alimento para todos! ¡Vengan! ¡Vengan! ¡Vengan! La voz se corrió en todo el pueblo. En cuestión de minutos, todos los sobrevivientes estaban deleitándose con esa comida. Interesante historia que de una forma pálida ilustra una verdad en el campo espiritual. Nosotros, los creyentes, somos como aquel hombre que encontró donde saciar su hambre material. Nosotros hemos encontrado donde saciar nuestra hambre espiritual. Hemos encontrado que en Cristo Jesús tenemos todo para sentirnos satisfechos. En él encontramos el camino al cielo, cuando nos hallábamos en el camino al infierno. En él encontramos la verdad cuando nos hallábamos convencidos de una mentira. En él encontramos la vida cuando estábamos muertos en delitos y pecados. Las palabras de Jesús cuando dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie al Padre, sino por mí.”, fueron una dulce melodía a nuestros oídos Estamos tan satisfechos con lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo. No quiero echar a perder su gozo, pero ¿Sabe una cosa? ¿Y qué de aquellos que como nosotros en el pasado, todavía están en el camino al infierno, todavía están convencidos de una mentira, y todavía están muertos espiritualmente hablando? Son millones. Están tan cerca de nosotros. Algunos de ellos son nuestros familiares cercanos, otros son nuestros amigos, otros son nuestros compañeros de trabajo, otros son nuestros compañeros de estudio, otros son nuestros vecinos, otros son rostros desconocidos por nosotros, pero muy conocidos para Dios. Como el hombre de la historia, podemos racionalizar nuestra indiferencia hacia esta necesidad de muchas maneras. Podemos decir que no sabemos cómo compartir con otros la verdad del Evangelio, podemos decir que no tenemos tiempo, podemos decir que tenemos miedo de ser rechazados, podemos decir que Dios no nos ha llamado para eso y tantas otras cosas más. Pero todo no será sino meras excusas que esconden el verdadero motivo. El verdadero motivo es la indiferencia a las necesidades espirituales de otros. Somos egoístas. Nos interesa sólo lo nuestro. Con tal de que nosotros seamos salvos no nos importa que el resto del mundo vaya camino a la condenación. Debemos imitar el ejemplo del personaje de la historia, debemos salir a las calles, a gritar a todo pulmón: ¡Vengan! ¡Vengan! En Cristo hay salvación, en Cristo hay satisfacción, en Cristo hay seguridad. Otra característica de la vida auténticamente cristiana, es anunciar el mensaje de salvación de Dios a otras personas. ¿Por qué debemos hacerlo? En primer lugar porque es una orden. Eso fue lo que ordenó nuestro Señor. Mateo 28:18-20 dice: “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” Dios no nos ha salvado solamente para tenernos con él en el cielo. Nos ha salvado también para que seamos discípulos de Cristo. Como tales, nuestra función es hacer más discípulos de Cristo. El primer paso para hacer de alguien un discípulo de Cristo es llevarle a los pies de Cristo, para que encuentre en Cristo la salvación. Esto se consigue testificando de Cristo a toda criatura. No importa si la persona a quien presentamos a Cristo, no quiera saber nada con recibir a Cristo como Salvador, Nuestra función no es hacer que otros reciban a Cristo como Salvador. Esto es algo que sólo Dios puede hacer. Nuestra función se limita simplemente a anunciar a otros que son pecadores, anunciar a otros que están en peligro de ir al infierno por ser pecadores, anunciar a otros que Cristo murió en lugar del pecador y que resucitó de entre los muertos y hoy está sentado a la diestra del Padre ofreciendo perdón de pecados a todos aquellos que lo reciban como Salvador. Si la persona recibe a Cristo como Salvador, en buena hora, si no lo hace, no debemos sentirnos rechazados. Quien rehúsa recibir a Cristo como Salvador no nos está rechazando a nosotros, sus mensajeros, sino a Cristo, el autor del mensaje. Así que, debemos hablar de Cristo a otros porque es una orden. En segundo lugar, debemos hablar de Cristo a otros porque es la única manera que otros puedan saber que están perdidos y en peligro de ir al infierno. Algo peor que estar perdido es estar perdido y no saberlo. Esta es la condición de la mayoría de personas en el mundo. Necesitan desesperadamente que alguien les haga saber que están perdidos. ¿Quién va a hacer este trabajo de anunciar que el pecador está perdido? No son los ángeles. Somos nosotros los creyentes. Note lo que dice Romanos 10:12-15 “Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas” Si no hubiera quien anuncie el mensaje de salvación, no habría manera que el pecador sepa que está perdido y sepa que Cristo murió y resucitó por él. No habría manera que el pecador sepa que con tan solo creer en Cristo y recibirle como Salvador será perdonado de su pecado y tendrá la potestad de ser hecho hijo de Dios. Debemos hablar a otros de Cristo porque es una orden y porque es la única manera de que los pecadores sepan que están en camino a la condenación eterna. En tercer lugar, debemos hablar a otros de Cristo, porque Dios ama al pecador y quiere salvarlo. Romanos 5:8 dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Cuánto amará Dios al pecador que para poder salvarlo estuvo dispuesto a pagar el elevado precio de sacrificar a su único y amado Hijo. Eso es lo que está diciendo este texto. Pero si nosotros los creyentes nos quedamos callados en cuanto a lo que Dios ha hecho por el pecador, estaríamos, en un sentido, despreciando esa obra maravillosa de amor que Dios hizo a favor del pecador. La voluntad de Dios es salvar al pecador. 2 Pedro 3:9 dice: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” Para que esta voluntad de Dios se cumpla, él tuvo que ver a su Hijo unigénito muriendo en la cruz del Calvario. Si nuestra boca se calla y no anuncia esta obra de Dios, es como si no reconociéramos su trascendencia. Nuestro deber es por tanto hablar a otros acerca de Cristo. De modo que, la vida auténticamente cristiana, está caracterizada por hablar a otros de Cristo. Si Usted es creyente, ¿está compartiendo su fe con otros? O a lo mejor, es como muchos creyentes en el mundo que cual agentes secretos ocultan su identidad espiritual como hijos de Dios. Esto no puede ser así. Dios no quiere agentes secretos en el mundo. Debemos identificarnos como hijos de Dios y debemos hablar de Cristo a otros con denuedo. Es otra característica de la vida auténticamente cristiana.

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